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Centro de Padres Madres y Apoderados San Ignacio El Bosque

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Reflexión de Viernes Santo

“Jesús quiere irse a orar después de cenar, está inquieto, tanta adversidad nota que lo está llenando de angustia. La dureza de corazón acecha y es espesa y viscosa, amenaza como una red de muerte, como un lazo del abismo. En la misma cena uno de los suyos ha tenido un comportamiento inquietante y se ha marchado antes que todos. Algo se está tramando y muy serio. Jesús se lleva a orar consigo a Pedro, con el que se enfrentó a propósito de su mesianismo, y a Juan y Santiago, que le pidieron los primeros puestos, al huerto de Getsemaní. Jesús se traga que en la vida no hay atajos, que el Compasivo lo lleva a la compasión solidaria, a la comunidad compasiva con los sufrientes.

Dios no interviene para evitar la adversidad, esa no es la actuación del Compasivo. El Compasivo es el que lo adentra en la oscuridad y las tinieblas de la condición de los abatidos y sufrientes. Jesús acompañó la soledad de la viuda, ahora se la está tragando él, todos los abandonan y no interesa a nadie; Jesús alivió a los abatidos y postrados, ahora él está abatido y postrado; Jesús alivió a los endemoniados, ahora experimenta cómo lo consideran actuando por obra de Belcebú; Jesús abrazó a los pequeños, ahora se siente desprotegido hasta por el mismo Dios en el que confió; Jesús se está sumergiendo en el mar de la vida, hasta ahora ha practicado la Compasión, ha sanado y aliviado, ahora es él el que necesita fortaleza, alivio y compasión.

En la comunidad Compasiva con los perdedores y las víctimas experimenta que solo pasando por la prueba de dolor con los dolientes se puede barruntar la luz. El ángel de Dios lo consuela, no le evita el trago sino que lo fortalece en su implicación compasiva hasta el final. Dios no está fuera de lo que está aconteciendo, Dios no está arriba en los cielos indiferente y apático. Jesús, sumergiéndose en el mar del dolor, asumiendo el infortunio de los Santos Inocentes, los perdedores, las víctimas, está experimentando que el amor es pasión. El amor no ensuciado y vapuleado por el desgarro no es amor es cinismo.

A Jesús lo detienen, lo torturan y lo juzgan. Ellos lo abandonan, ellas se quedan cerca; después lo despojan de su dignidad, lo humillan y lo violan en lo más nuclear de su ser criatura. La casta saducea lo juzga y lo condena por blasfemo, no soportan todo lo que Jesús ha dicho y hecho, es muy peligroso para la pirámide del sacrificio que es el Templo. El lugar de la Presencia que alimentaba las esperanzas de Israel se ha convertido en cueva de bandidos, el templo lo gestionan los traficantes del dolor, aquellos que necesitan victimizar en nombre de Dios para que la reparación de su estigma repercuta en ganancia para ellos, es un círculo infernal que Jesús ha querido romper pero que al final se lo traga”.

Centro Arrupe

Jesuitas Valencia 

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